Hola, mis queridos lectores
Soy José Luis y os voy a hacer un breve resumen de lo acontecido hoy.
Esta mañana nos encontrábamos en el norte del país, frontera con Polonia. Dado que el compañero Frank no se encontraba iluminado hoy, decidió dejarnos a mi y la estupendita y gentil nena Ana solos ante la excursión. Ésta se componía de un trayecto sencillo que partía apenas unos metros de nuestra último alojamiento.
La mañana no amanecía prometedora. Una espesa niebla cubría el valle. Después de desayunar vimos como se iba despejando todo el valle. Nos despedimos de Frank y atravesamos el río Dunajec que nos llevaba al lado polaco y a quién sabe qué aventuras (y desventuras)
La excursión fue un éxito...o casi. Cuando la misma llegó a su fin nos dimos cuenta que no teníamos posibilidad de atravesar el río Dunajec. Pues al otro lado nos esperaba el compañero Frank. Una posibilidad era caminar unos cuantos kilómetros río abajo hasta llegar al puente. Y la más radical era atravesar el río. Pues finalmente nos arremangamos los pantalones y ante la atenta mirada de los turistas del lugar acometimos tan magnífica proeza. Mi menda que no sabe nadar tuvo que pagarle unos euros a Ana para que le pasara a caballito. Ana hizo lo que pudo y finalmente llegamos al otro lado de la orilla a salvo.
Hoy estamos de vuelta a Poprad. Mañana nos volvemos a la montaña, aunque el tiempo no parece que vaya a ir a bien.
ResponderEliminarMi querido y estimado José Luis,
Agradezco la confianza depositada en mí al permitir en tus palabras que mi menda te llevase a caballito, pues tu irracional temor al agua no te permitía sumergirte en ella. Sin embargo, sospecho que nuestros lectores no van a creerse semejante historia épica...
Sí, nos vimos obligados a cruzar el río Dunajec con los pantalones arremangados. Y sí, había un grupo de turistas mirándonos, animándonos y esperando a que nos cayésemos al río, sospecho. Y también, las piedras se clavaban en los pies... Pero no, Valerito cruzó el río con sus propias piernas... Y no, no se dignó a llevarme a mí a caballito, como habría sido de esperar de alguien que se hace llamar caballero.
Efectivamente, queridas lectorAs: la gentileza que suele caracterizar a los hombres de las películas no existe.